
Bizkar siempre ha sido un caserío arrendado por sus propietarios (la familia Lardizabal) a personas cuyo sustento de vida era el trabajo en el campo. Mila, sobrina del último inquilino que hizo de Bizkar su hogar y una explotación agropecuaria, nos recuerda en su visita al caserío los veranos que pasaba allí junto a sus tíos y la pena que sentía cuando tenía que regresar para volver al colegio.